martes, 18 de mayo de 2010
El guiño de Annette Messager
Uno no puede salir sin asombro de la presente exposición de Annette Messager en el MARCO. Se trata de un repertorio de obras innovadoras pero curiosamente familiares. La artista re-plantea nuestros círculos más íntimos, nuestras memorias en escenarios de lo más diversos. Pero que no dejan de atraparnos y cautivarnos.
Es de lo más genial encontrarse con una risa cuando nos situamos frente a piezas como “Protección” o “Rumor” donde la comicidad se hace cómplice de nuestra propia infancia, para dejarnos con un curioso jugueteo mental entre el goce de la pieza y el mensaje entendido. Que en un descuido y no era obligación del espectador (entender algo).
Pero también me encuentro con un guiño macabro en ese ambiente lúdico de Messager. Sentado frente a “Articulado-Desarticulado” me río y me espanto. Hay una curiosa mezcla de gozo y horror que termina en un cosquilleo de remordimiento. Una proyección de la misma naturaleza (sea lo que sea) humana y social.
Ver la obra de Annette Messager da una sensación de un encuentro conmigo mismo en los ojos de alguien más. “El otro define el yo”, con palabras aproximadas nos resumía Umberto Eco la postura de la otredad en sociedad. Y una misma índole se percibe en las piezas ahora expuestas en MARCO. Nos encontramos con piezas y formas tan familiares (peluches, fotografías, nuestro mismo cuerpo incluso) en lecturas completamente innovadoras, alegres y terribles. Es verme, en mi intimidad, en mi infancia, en mi juego, en mis sueños, en mis preocupaciones a través de la mirada de otra persona.
Tal logro no puede ser sino completamente admirable. Qué va hablar de su pieza “Casino”, la ganadora en la Bienal de Venecia (2005). Y no menos de veinte minutos me tuvo cautivo frente a ella. Porque no sólo atrae y maravilla, también inquieta. La obra de Messager pareciera seguir esa misma línea constante, atraerte con un vislumbre gracioso y atraparte (casi ensoñadoramente) con garras de miedo y excitación. Es así como “Casino” nos ofrece un “guau” al verlo por vez primera, para luego dejarnos ahí frente a la seda roja un buen rato, esperando que algo nuevo pase, que algo nuevo se ilumine, que algo nuevo nos asombre. Lo mejor de todo es que, en efecto, algo nuevo sucede. En la obra y en mí.
También un buen ejercicio de autopercepción, porque a la vez que me encanto con las piezas me asombro de mi propia reacción ante ellas. Y ahí está el espectador asomándose para ver las “Manchas Negras” y riéndose de la elegancia y la sencillez de las formas como de la misma risa que en él se origina.
Es una exposición que no puede pasarse por alto, agrupa de la forma más genial ambientes dispares y sensaciones de lo más variadas. Nos permite articular y desarticular nuestras memorias, mis sueños con mis pesadillas, mis cuentos de hadas con mis más terribles miedos.
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